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Identidad extendida

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Hay cosas que nos identifican,  elementos que están adheridos a nosotros, que son lo que yo llamaría una "prolongación de nuestra existencia". La sola idea de perderlos provocan un sentimiento anunciado de vacío , de oquedad. Creo que en algún momento ya hablé de ese apego que tengo con determinados objetos, y no hablo puntualmente de artículos suntuarios, ni de la compulsión por atesorar dinero, definitivamente no. Hablo de objetos pequeños, algunos quizás de poco valor monetario pero que me resultan imprescindibles . Yo siempre digo que tengo la capacidad de adherirme a ciertos objetos, me pasa con los libros y la ropa, por ejemplo, que me cuesta mucho trabajo desprenderme de ellos. A veces sufro cuando mi hermana se va de viaje y me pide algún libro para leer en el trayecto, porque sé de antemano que es distraída, que lo puede olvidar en cualquier lugar desde un aeropuerto hasta en un hotel. Si, sé que no es normal este comportamiento, pero lo mismo me pasa con la ropa. Cuando era más chica y mi hermana menor me pedía algunas prendas, me costaba horrores prestársela, porque sabía que no la iba cuidar como yo. Sí, esto parece una compulsión, pero la profecía se cumplía y me devolvía aquel sweater manchado, o lo dejaba olvidado por ahí. La otra vez leía un artículo, muy interesante sobre este tema y parece que hay estudios científicos que avalan mis obsesiones.

 “El sentido de sí mismo de un hombre es la suma total de todo aquello que puede llamar “suyo”, no solamente su cuerpo y sus poderes psíquicos, sino también sus ropas y su casa, su esposa e hijos, sus ancestros y amigos, su reputación y su trabajo, sus tierras y caballos, y yates, y cuentas bancarias”, decía el psicólogo William James en 1890, en sus “Principios de Psicología”.

Ni hablar del apego a determinadas personas, soy aficcionada a entablar vínculos fuertes.

A tal punto es fuerte el fenómeno de la posesividad de los seres humanos, que hay una nueva área de investigación científica a la que se denomina “economía del comportamiento”, que lo que busca es desvelar los procesos cognitivos que llevan a las personas a tomar decisiones acerca de lo que poseen y lo que desean tener. Los estudios muestran que el sentido de poseer cosas se desarrolla muy temprano, inclusive entre los bebés y los chicos, especialmente cuando usan esos objetos como una manera de sentirse protegidos. Después, a lo largo del tiempo, ciertos objetos sirven para expresar la propia identidad.

Lo que más les llama la atención a los científicos es que, inconscientemente, cuando una persona compra, guarda, vende, sus propios objetos, se ponen en marcha ciertos mecanismos cerebrales que evalúan las pérdidas y ganancias potenciales en términos de significado emocional. Esto explica por qué, muchas veces, las personas sobrereaccionan cuando pierden determinadas cosas, cuando se dañan, cuando las roban.

Instintos. Solamente los seres humanos fabrican y guardan sus posesiones. Hay primates que fabrican herramientas rudimentarias para romper nueces o para atrapar insectos, pero por lo general esos artefactos son descartados una vez que cumplieron con su fin. Y ya desde chiquitos, desde bebés, los cachorros humanos tienden la tendencia a tejer relaciones sentimentales con ciertos objetos. Cualquier adulto con chicos cerca sabe que la pérdida de un peluche puede ser dramática para un chico de 3 años.

Por eso es que, dice la teoría sociológica ahora, a los presos se les quitan todas sus posesiones antes de abandonar la libertad de la calle. Y tal vez por eso es que los nazis les quitaban todo a sus víctimas en los campos de concentración: como un intento de borrar parte de su identidad.

¿Cómo se explica esto? Hay psicólogos y neurólogos que creen que es por algo relacionado con otra característica humana: la aversión a la pérdida. Quien creó este concepto fue el mismo Kahneman (el Nobel), y lo que sostiene es que las personas consideran más significativa una pérdida que una ganancia. Aquel dicho de “no valoras algo hasta que lo perdés” tiene, según algunos científicos, una base biológica y psicológica cierta.

Un neurocientífico, Brian Knutson, de la Universidad de Stanford, descubrió que hay patrones de actividad neural que ocurren en el cerebro y que refuerzan el efecto de certidumbre. Estudios de imágenes de resonancia magnética muestran que el nucleus accumbens, una región del cerebro vinculada con la recompensa, se activa más cuando una persona mira un objeto que quiere, más allá de que esté comprando o vendiendo ese objeto.

Cuando alguien cree que está comprando algo a un precio irrisorio, el cortex prefrontal medio (otra área que conforma el circuito cerebral de recompensas) también se activa; pero eso no pasa cuando el precio es muy alto. Cuando esa misma persona mira un objeto de su propiedad que está vendiendo a un precio inferior al que le gustaría, la región cerebral que se activa es la ínsula en el hemisferio derecho. Esto marca que hay una fuerte decepción, y cuanto más activa la ínsula, más fuerte el efecto de certidumbre; es decir que entre más decepción y desagrado, más alto se valúa la posesión de ese objeto querido.

Bien humano. El efecto certidumbre ya está presente en los chicos de 6 años, con lo cual los científicos creen que es inherente al ser humano. Sin embargo, el efecto también existe entre primates como chimpancés, monos capuchinos, gorilas y orangutanes. Siempre relacionado con la comida.

El efecto no tiene la misma intensidad en todas las culturas. Entre campesinos nigerianos, por ejemplo, el apego se da más con los objetos que otras personas les regalan, objetos que siempre tienen un valor especial para toda la comunidad, que con los propios. Y una investigación hecha por psicólogos, psiquiatras y biólogos franceses muestran que en Asia Oriental el apego a los objetos individuales es menor. Los científicos creen que en aquellas sociedades más individualistas, la relación emocional con las cosas es más fuerte que en las que tienen un sentido más comunitario, en el que las personas se definen más por su pertenencia a un grupo social.

“La intensidad de los lazos puede estar influida por las culturas –admite Hood–, pero la necesidad de poseer objetos es básica para los seres humanos. Puede haber evolucionado a partir de la tendencia primitiva a acumular alimentos, y hoy día es un proceso psicológico crucial que le da forma y sentido a cómo nos vemos a nosotros mismos y a los demás”.

Ella tiene un problema: lo suyo es suyo y lo de uno… es suyo también”, resume el taxista mientras trata de esquivar un colectivo que, fuera de su recorrido normal, se le adelanta por izquierda al tiempo que un motoquero avanza por la derecha. “… ¿Y cuántos años tiene?”, pregunta la pasajera, ya demorada por el corte parcial que elimina dos carriles de la avenida 9 de Julio. “No es chica –dice el hombre–. Cumplió 25 ya”. Si hubiera tenido 6 años, el comportamiento de la mujer en cuestión hubiera sido esperable, gracioso, comprensible. A los 25 ya no tanto. Y no porque la idea de posesión no siga ahí, guardada en un rincón de la mente y del instinto, sino porque la educación y las reglas sociales van relegando el instinto poseedor a un nivel manejable, racional, discernible. En buena parte de los casos, al menos.

Es que quienes viven dentro de la cultura occidental se caracterizan por tener un fuerte sentido de la posesión: ciertos objetos pasan, de algún modo, a ser una extensión de quien los tiene. Y no se trata de objetos valiosos a nivel monetario, dicen decenas de científicos que estudian el fenómeno, sino de objetos valiosos a nivel subjetivo. Que, a veces, también tienen un alto valor de mercado.

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