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El pájaro que da cuerda al mundo-

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Aquella noche, a oscuras en nuestra habitación, acostado junto a Kumiko, mirando el techo, me pregunté hasta qué punto conocía en realidad a aquella mujer. Las agujas del reloj señalaban las dos. Kumiko dormía profundamente. Envuelto por las tinieblas, pensé en los pañuelos de papel de color azul, en el papel higiénico con dibujos y en la ternera frita con pimientos. Yo había vivido todo aquel tiempo sin saber lo mucho que ella los detestaba. Estas cosas, en sí mismas, eran naderías. Cosas tan triviales que daban ganas de echarse a reír. No era un asunto sobre el que armar un gran revuelo. En pocos días, sin duda, olvidaríamos por completo semejante tontería. Pero a mí siguió preocupándome de una manera extraña. Como una pequeña espina clavada en la garganta que no deja vivir. «Quizá sea un hecho más crucial de lo que parece», pensaba. «Tal vez sea un hecho determinante. O tal vez sea, en realidad, simplemente el principio de algo peor, fatal. Tal vez eso sea sólo la entrada. Y tal vez, al fondo, se extienda un mundo que sólo pertenece a Kumiko, un mundo que yo todavía no conozco.» Me lo imaginaba como una habitación enorme y oscura. Yo estaba en la habitación con un pequeño encendedor en la mano. Lo que alcanzaba a ver a la luz del mechero era apenas una pequeña parte de la habitación. ¿Lograría ver alguna vez el resto? ¿O envejecería y moriría sin llegar a conocerla bien? Si fuera así, ¿en qué narices consistía mi vida matrimonial? ¿En qué narices consistía mi vida, viviendo y durmiendo con una extraña? Esto es lo que pensé entonces y lo que, desde aquella noche, seguí pensando de vez en cuando. Mucho después supe que en aquellos momentos me había introducido en el núcleo mismo del problema.

Haruki  Murakami- El pájaro que da cuerda al mundo

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